¡Europa sí, América no!

El Honorable Jurado de la Fundación Príncipe de Asturias de España dio al mundo, una vez más, un ejemplo de veneración de valores universales de la cultura. En una cachetada de justicia histórica y una clara muestra de indiferencia hacia los extremistas, tuvieron el coraje de premiar en el año 2007 a dos renombrados representantes de Israel en la cultura universal:

 

Un par de meses atrás, el escritor Amós Oz fue galardonado con el Premio de las Letras por ser “…narrador, ensayista y periodista que ha contribuido a hacer de la lengua hebrea un brillante instrumento para el arte literario y para la revelación certera de las realidades más acuciantes y universales de nuestro tiempo, con especial atención tanto a la defensa de la paz entre los pueblos como a la denuncia de todas las expresiones de fanatismo”.

 

Tan solo hace unos días se anunció el otorgamiento del Premio a la Concordia al Museo del Holocausto Yad Vashem de Jerusalén por “trasmitir a las futuras generaciones la necesidad de preservar los derechos humanos y, de modo especial, el respeto a la vida”.

 

Gran parte de nuestros medios periodísticos en general, y en lengua española en particular, nos inundaron estos últimos años con acusaciones extremas de antisemitismo y pro islamismo hacia los europeos en general y los españoles en particular.

 

Lamentablemente esos críticos, en su gran mayoría, no supieron diferenciar entre ataques antisemitas de pequeños grupos marginales y duras críticas de amplios sectores institucionales hacia varias posiciones y operaciones en contra de normas internacionales llevadas a cabo por Israel.

 

La gran mayoría de los ciudadanos y las instituciones oficiales de la comunidad europea saben discernir muy bien entre actos de clara connotación defensiva y acciones de conquista de territorios y dominación de población civil de otros pueblos.

 

Lamentablemente, la visión estratégica de nuestros líderes nos llevó en las últimas cuatro décadas a alejarnos ideológicamente de las posiciones típicamente europeas para acercarnos al modelo impuesto por EE.UU. En vez de fomentar lo solidaridad social y la responsabilidad del poder central por el débil o el marginado, tal como lo vienen haciendo los regímenes social demócratas europeos, veneramos valores netamente americanos como la agresividad operativa, la conquista de logros a todo precio y la indiferencia por los que quedan en el camino.

 

Esta admiración por dicho modelo nos condujo a una ceguera política e ideológica conceptual, la cual nos produce un rechazo casi natural y automático a toda posición crítica que surge de elementos provenientes de Europa.

 

No se trata de volver a versiones antiguas de un socialismo utópico, ni a ideas comunistas que ya fueron enterradas por la historia. Hoy en día no hay otra  alternativa que plegarse a la globalización internacional. Todo intento de alejarse de ella, o evitar su infiltración en cualquier país, conlleva necesariamente al fracaso económico con un precio social muy duro.

 

El modelo europeo es muy claro en ese sentido. Por un lado es necesario integrarse a la globalización internacional; pero, paralelamente, el poder central se responsabiliza y compensa los precios sociales que tal proceso causa a sus habitantes.

 

En Israel, las políticas económicas aplicadas por Bibi Netanyahu y sus colaboradores sólo toman en cuenta el primer aspecto de la globalización. Ellos no se hacen responsables por los graves efectos en términos de desempleo, pobreza e inequidad en la distribución del ingreso.

 

Debemos volver lo antes posible al marco ideológico, político y económico de los europeos. A mi entender, es la única vía estratégica que puede asegurarnos un consenso social dentro de la población del país para que se puedan garantizar los intereses básicos de su existencia.

 

Todo intento de continuar y profundizar los modelos de eficiencia americanos nos llevará necesariamente a intensificar y profundizar el proceso de desmoronamiento social que ya ha comenzado.

 

De ser así, en muy poco tiempo ya no discutiremos si enviar – o no – al Festival de Eurovisión a quién hizo el servicio militar – o no. Muy probablemente comenzaremos a emplear mercenarios para que sean nuestros soldados.

 

Ojalá me equivoque…

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