En memoria de Itzjak Rabín

Como judío que hizo aliá en 1973, tuve la gran oportunidad de vivir de cerca todos los acontecimientos que acompañaron a Itzjak Rabín en la etapa política de su vida. No siempre fui su partidario, ni tampoco estuve de acuerdo con todas sus decisiones y medidas. Eso sí, siempre lo respeté y admiré como verdadero líder y cabecera de Israel y el sionismo.

No voy a exponer su biografía, aunque sí deseo resaltar ciertos aspectos de su personalidad que, a mi criterio, quedaron grabados en la historia de Israel como ejemplo de comportamiento democrático.

Rabín nunca se caracterizó por ser un gran orador, como lo fue Menajem Beguin. Sus discursos contenían un lenguaje directo y áspero. Fue un estratega, un líder inteligente y astuto, pero no un hombre de intrigas. No era un ideólogo que atraía masas, pero se convirtió en un estadista admirado por su pueblo y gran parte de la comunidad internacional.

La humildad de su personalidad también se reflejaba claramente en su conducta. A diferencia de todos los primeros ministros que lo sucedieron en funciones, él no necesitó de lujosas viviendas o palacetes en quintas privadas o barrios de lujo. Toda su vida adulta transcurrió en un departamento típico de un barrio de Tel Aviv, construido en los años ’70.

Como cabecera y responsable máximo en sus diversas funciones, su modo de actuar se caracterizó por planificar cada paso hasta el mínimo detalle, sin dejar que nada se resuelva de forma automática, y controlaba personalmente todas las etapas. De esa forma planeó la apertura de la Guerra de los Seis Días con el tan conocido y glorioso triunfo. Sus allegados atestiguan que no soportaba la típica expresión “Yihé beseder”, que en hebreo diario viene a significar el tan vulgar y conocido dicho “no te preocupes, todo se va a arreglar”.

Quienes recuerdan los festejos de su triunfo en las elecciones de 1992 no se pueden olvidar su famoso discurso una vez conocidos los resultados. Para aquéllos que pensaban que se trataba de una nueva versión de la formación de un Gobierno en donde cada político de cuarta podría interferir en aspectos cardinales del destino del Estado, Rabín dio a entender cuan equivocados estaban. En forma clara y contundente proclamó: “¡Yo decidiré!”, “¡Yo conduciré!”. Y así fue.

Pese a su pasado militar, era un ejemplo de comportamiento democrático. Pocos deben recordar que justamente Rabín, Teniente General y Comandante en Jefe de Tzáhal en mayo de 1967, no permitió que se lleve a cabo un intento de golpe de estado por parte del ejército ante la indecisión del primer ministro Levy Eshkol y su Gobierno en dar la orden de atacar a Egipto debido al previo cierre de los pasos marítimos en el sur de Israel.

Rabín fue un líder político ejemplar que sabía muy bien lo que es autoridad y la responsabilidad que eso conlleva. No puedo dejar de señalar dos hechos que ponen claramente de manifiesto su concepto de responsabilidad personal:

En 1977 el periodista Dan Margalit publicó en el diario Haaretz que Lea Rabín, la esposa de Itzjak, mantenía abierta una cuenta bancaria en EE.UU con un saldo de unos 4 mil dólares en clara contraposición con las leyes de manejo de divisas de Israel en esa época. El Fiscal del Estado de entonces, Aharón Barak – luego Presidente de la Corte Suprema de Justicia -, decidió abrir una investigación penal. La respuesta de Rabín fue inmediata. Pese a que la cuenta databa de cuando fue embajador en EE.UU, que en realidad se trataba de una cuenta a nombre de su esposa, que estaba en funciones de primer ministro, presentó su renuncia inmediatamente y retiró su candidatura a las elecciones programadas para ese año.

En octubre de 1994, Hamás raptó al soldado Najshón Waksman, exigiendo como rescate la liberación de prisioneros palestinos en Israel. Los servicios de seguridad detectaron el lugar donde Waksman se hallaba recluído y ordenaron un operativo militar para su liberación. Lamentablemente la acción fracasó. Durante el ataque, los captores asesinaron al soldado Waksman y mataron también al capitán Nir Poraz, comandante de la operación. Esa misma noche, Itzjak Rabín, entonces ministro de Seguridad, se dirigió a todo el país por televisión y asumió personalmente toda la responsabilidad de los hechos sin permitir que se deslinde a nadie más.

Como mencioné, no coincidí en algunas de las medidas o políticas que tomó Rabín.

El error histórico más grave que cometió, a mi entender, fue en los años 1974/75, durante su primer etapa como primer ministro. En esa oportunidad no supo establecer límites a las acciones ilegales de los grupos de pobladores judíos que se establecieron en Cisjordania con la protección y el apoyo del ejército. Esa indecisión, o falta de confrontación en su momento, nos condujo hasta hoy en día a una situación prácticamente sin salida, y en el futuro, hasta puede arrastrarnos a una tragedia.

Otro error garrafal se refiere a la débil respuesta de su Gobierno a las protestas y campañas de incitación que llevaron a cabo grandes sectores opositores a los acuerdos de Oslo en 1994 y 1995. Lamentablemente, Rabín personalmente pagó el precio de ese descuido.

La predisposicion de Rabín de servir al país fue total. En ese sentido cometió, a mi criterio, un serio error cuando calificó en 1975 a los “Iordim” – israelíes que abandonaban Israel para vivir en países más cómodos – como “Resaca de cobardes” (Nefolet shel nemushot).

Para mí, el legado más importante que nos dejó Rabín es su vida y pensamiento mismo. Como militar luchó para lograr un Israel fuerte y estable. Cuando comprendió que habíamos llegado a una situación en la cual podíamos confiar en defendernos solos, llegó a la conclusión de que los conflictos con nuestros vecinos los debemos solucionar con las negociaciones y no con las armas.

A muchos de nosotros todavía nos retumban hoy las palabras del entonces Secretario del Gobierno de Rabín, Shimón Shebes, la noche del asesinato: “Se me fué la Mediná”.

Ojalá se equivoque…

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