El concierto de Annápolis

El conductor del mundo, el Gran Maestro George W. Bush tiene programado retirarse de la conducción activa en el término de un año. A los efectos de dejar un broche de oro para el público de Medio Oriente que tanto lo aclamó en sus obras, organizó un concierto de gala en el Auditorio de Annápolis.

 

Bush, junto a su maestro de ceremonias, la Sra. Condollezza Rice, programaron el concierto con tiempo y lujo de detalles. Como solistas e invitados especiales llamaron a Ehud Olmert de Israel y Mahmud Abbás de Palestina. Junto a ellos, se invitó a más de cuarenta de músicos de primera línea de los más destacados países del mundo para integrar la orquesta sinfónica que brinde el acompañamiento en tonos, color y ritmos adecuados. De antemano se les envió a los solistas una “Hoja de partitura” y se les impuso encontrarse periódicamente para ensayar en conjunto. El objetivo básico era que lleguen al evento bien preparados para interpretar juntos – acompañados por la orquesta sinfónica – la obra “Sueños de una noche de verano” de Mendelssohn, más conocida como “La marcha nupcial”.

 

El gran espectáculo fue programado para el pasado 27 de Noviembre. En su apertura apreció el Gran Maestro Bush con la batuta en mano. Iniciando el primer acto – en un claro y vigoroso mensaje a toda la humanidad – dirigió la interpretación musical de la ópera “La guerra y la paz” de Prokofiev, finalizando con una especial ejecución de la música de Ennio Morricone de la película “El bueno, el malo y el feo”.

 

Seguidamente invitó al solista Mahmud Abbás quien trató de interpretar la tercera sinfonía de Beehetoven, “La heroica”. Pero, lamentablemente, sus acompañantes no conocían la partitura de la  obra y se tuvo que conformar con ejecutarar la sexta sinfonía de Tchaikovsky, “La patética”.

 

Acto seguido subió al escenario el solista israelí Ehud Olmert. Desbordado de optimismo, nos guió por los campos de la ilusión y la esperanza. Comenzando por la “Primavera” de Vivaldi, pasando por la sexta sinfonía de Beehetoven, “La pastoral”, y finalizando – a pedido expreso del Presidente de Israel, Shimón Peres – con la interpretación de la sinfonía “El nuevo mundo” de Dvorak.

El Gran Maestro Bush, convencido de que los ensayos de los solistas de Israel y Palestina no fueron suficientes, decidió continuar el recital a puertas cerradas sin público ni cámaras de televisión con la intención de lograr la interpretación de la tan esperada “Marcha nupcial”.

 

Inmediatamente surgió un pequeño altercado en donde Bush se vio obligado a ceder y permitir al solista de Siria que interprete la composición de un autor autóctono titulada “Las Alturas del Golán”. El músico sirio se vio en la necesidad de tocar un “solo” debido a que los restantes miembros de la orquesta se negaron a acompañarlo.

 

Mientras tanto Bush siguió tratando de encontrar armonia entre Olmert y Abbás para que interpreten conjuntamente la “Marcha nupcial”. Lamentablemente sólo se escucharon gritos y disonancias. Por lo tanto, decidieron ejecutar la séptima sinfonía de Schubert, “La inconclusa”, en cuya interpretación los solistas tienen una prolongada experiencia.

 

Los eximios músicos abandonaron el Auditorio de Annápolis no sin antes prometer al Gran Maestro Bush que en un plazo máximo de un año esperan estar en condiciones de interpretar conjuntamente “La marcha nupcial”.

  

Quienes desarrollaron a través de los años muy finas cualidades auditivas, saben muy bien que estas disonancias y cacofonías de los miembros de la orquesta de los países de Medio Oriente son difícil que se plasmen en una armónica y romántica obra de Mendelssohn. Por lo general, terminan como la “Obertura 1812” de Tchaicovsky, a cañonazos. 

 

Debemos bregar para que todos los amantes de “la buena música y la paz en el mundo” sepan presionar a estos intérpretes de Medio Oriente para que en un futuro próximo dejen de lado sus demandas extremas y puedan interpretar conjuntamente la tan admirada “Marcha nupcial”. Si estos esfuerzos llegan a un fracaso es probable que a nuestros oídos lleguen los tristes sonidos de la “Danza macabra” de Camilo Saint-Saëns.

 

Ojalá me equivoque…

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