La verdad y los peligros de huir de ella

En los últimos días fuimos nuevamente testigos de una de las periódicas y “heroicas” hazañas de Hassan Nasrallah, líder del movimiento guerrillero Hesbollah en el Líbano. En un típico discurso de incitación a la violencia y sin ninguna consideración humana, casi como en un intercambio comercial, fijó precio a ciertos restos de cuerpos de soldados israelíes que quedaron en territorio libanés como consecuencia de la guerra del verano de 2006.

Son necesarios nervios de acero para poder escuchar declaraciones tan grotescas y horrorosas sobre lo más preciado de nuestros seres queridos que no dudaron en brindar su vida para defendernos. Una vez más, Nasrallah nos mostró a que grado de perversidad e infamia es capaz de llegar en sus esfuerzos por dañar a Israel.

Las declaraciones no fueron casuales. Ellas obedecen a una estrategia a largo plazo de deteriorar la base de confianza en la unidad de los israelíes alrededor de su dirigencia política y Tzáhal. Nasrallah, como buen estratega, sabe muy bien que una guerra de nervios, a largo plazo, puede tener efectos tan decisivos o más que una guerra convencional con misiles.

Si analizamos los resultados de esta corta batalla, no cabe ninguna duda que Nasrallah se anotó otro gran y claro triunfo. Su imagen a nivel internacional – y principalmente dentro de su pueblo – logró acumular más puntos de seriedad y veracidad. A estos niveles, lamentablemente, el cinismo y la perversidad no juegan un papel demasiado importante.

Los medios oficiales y de comunicación israelíes respondieron en lo que se podría definir como un gran concierto de vacilaciones, cacofonía y tartamudez. En un principio los informes se centraron en atacar el carácter inhumano de Nasrallah y en negar totalmente la veracidad de sus declaraciones. Ciertos periodistas – en lugar de analizar fehacientemente los hechos – trataron desesperadamente de desmentir los acontecimientos, refiriéndose a las normas dentro de las cuales se mueve Tzáhal en esos casos.

Varios ministros del Gobierno se dedicaron a competir en sus discursos quién es más punzante en su referencia a Nasrallah. El repudio los llevó al uso de una terminología realmente violenta. Hubo también quienes exigieron incrementar los esfuerzos para su “asesinato selectivo”, tal como se efectúa con terroristas en Gaza. De nada valieron las explicaciones del ministro de Defensa, Ehud Barak, quien detalló que años atrás, él personalmente tomó parte en la ejecución del predecesor de Nasrallah – el jeque Abbás Musawí -, lo que acarreó su nominación como nuevo líder de Hesbollah y con ella los trágicos atentados en Argentina.

En varias entrevistas, algunos padres de soldados caídos en la última guerra declararon desconocer los hechos y afirmaron estar ante un serio interrogante. No fue necesario más de un día para que el vocero de Tzáhal afirmara que la declaración de Nasrallah es vil y macabra, aunque debió reconocer indirectamente que es probable que los hechos sean verídicos.

¿Dónde fallamos? ¿En qué nos equivocamos para brindale en bandeja a Nasrallah este regalo?

La respuesta hay que buscarla en el temor a decir la verdad en su debido tiempo; en esa concepción tan gastada de que en este conflicto lo más importante es el uso de la fuerza y la intimidación en lugar de usar la cabeza y pensar estratégicamente a largo plazo.

Los hechos estaban claros y eran de total conocimiento de Tzáhal; hasta el más mínimo detalle. Si Nasrallah mintió, se reacciona de inmediato, se presentan pruebas y se demuestra a todo el mundo que Nasrallah es un embustero. Si ya se sabía – desde que finalizó la guerra – que en Líbano quedaron restos de nuestros soldados caídos, no hay mejor camino que reconocer el hecho públicamente. Este simple acto de veracidad – tal vez no muy agradable desde el punto de vista político interno – hubiese desinflado totalmente el globo declarativo de Nasrallah y no le otorgaría ningún motivo para burlarse del tema, fuera de demandar recompensas como tan vilmente lo hace.

En los últimos años nuestros organismos de seguridad fueron descubiertos más de una vez mintiendo, o por lo menos, no diciendo toda la verdad. La experiencia demuestra que éste es un camino que a corto plazo puede ofrecer ciertos beneficios de cobertura, pero a la larga, la verdad sale a flote y los mentirosos deben reconocer su vergüenza.

Si le huimos a la verdad, la desconfianza será cada vez más destructiva, mucho más aún que los misiles y los morteros.

Ojalá me equivoque…

Leave a comment

Your email address will not be published.


*