Elecciones en Israel: la función de cine continuado

En términos de un par de semanas los ciudadanos de Israel están convocados a elecciones generales anticipadas para elegir un nuevo parlamento (Knéset). El carácter de anticipadas se debe a que la última coalición en el poder no fue capaz de formar un nuevo gobierno después de la forzada renuncia de Olmert tras tan solo menos de tres años en funciones en una cadencia que tendría que haber llegado a los cuatro años y medio.  Este será el parlamento numero 18 en sus 60 años de existencia demostrando una seria inestabilidad parlamentaria con un promedio de un poco más de tres años de vida por parlamento.

Pese a que la democracia israelí renguea en muchos aspectos, no caben dudas que las elecciones generales libres son una de sus mayores expresiones y tal vez el momento en que cada ciudadano se debe sentir con la fuerza del poder en sus manos. El proselitismo y la necesidad de singularizarse y sobresalir de los distintos partidos son los motivos por los cuales se crea una situación de tensión, nerviosismo e incertidumbre típica de los momentos de decisiones cruciales. La realidad política israelí de los últimos años nos demostró, en repetidas oportunidades, que esas decisiones trascendentales generalmente no traen acarreados cambios dramáticos sino que son parte de un proceso de meandros en un mismo círculo cerrado que se repite periódicamente.

Estas próximas elecciones se presentan, en el aspecto central y decisivo de la realidad política israelí, como la gran disyuntiva entre aquellos que prometen una idílica paz como resultado de negociaciones con los palestinos y los sirios basadas en supuestas “profundas y dolorosas” concesiones territoriales de parte de Israel, en tanto que los sectores opuestos insisten en la necesidad de una posición combativa e intransigente, sin ningún tipo de concesión territorial, culpando a los primeros como traidores por dividir el país y principalmente la ciudad de Jerusalén.

La propaganda política, el proselitismo y las declaraciones de los distintos líderes tratan permanentemente de agudizar las diferencias y de atemorizar al público ante los peligros o el derroche que significa dar confianza a partidos adversarios. El lenguaje es categórico y profundamente fatalista. Nos dicen: “La decisión en esta oportunidad es la más crítica en la historia del país”. Y repiten: “Estamos delante de una de las disyuntivas cardinales del destino de Israel”.

En los próximos párrafos tratare de demostrar que esta confrontación es más bien imaginaria y en la realidad no importa quién triunfe en las elecciones, el resultado en la práctica será el mismo.

Estas elecciones, así como las anteriores, no son más que una versión más dentro de una función de cine continuado, tal como la vivimos en nuestra niñez. La misma película se repite una y otra vez continuadamente.

El sistema de poder en Israel está basado en el modelo parlamentario inglés. Los parlamentarios son elegidos en elecciones nacionales por representación proporcional de listas cerradas de partidos políticos. El parlamento es unicameral y está compuesto por 120 miembros. Una vez conocidos los resultados de la elección, el presidente llama a consulta a los representantes de todos los partidos con presencia parlamentaria y otorga el mandato de formar el próximo gobierno, y por ende la función de primer ministro, al representante del partido con mayores posibilidades de obtener la confianza de mas del 50% de los congresales.

El excesivo fraccionamiento partidario impide que algún partido logre obtener más del 50% de los votos y por ende de los parlamentarios. Ante esta situación, es necesaria la constitución de una coalición gubernamental basada en acuerdos entre partidos que al menos refleje un programa de gobierno que tendría que ser común, aunque en general es un compromiso que obedece al conocido dicho “quedar bien con dios y con el diablo” con el objetivo de esconder contradicciones insuperables entre los socios de la coalición gubernamental con tal de recibir el derecho a un mullido sillón ministerial.

Este proceso de constitución de una posible coalición gubernamental es muy peculiar de Israel y la exhibe claramente en aspectos poco halagadores. Las plataformas políticas de las distintas agrupaciones hacen hincapié en todos los aspectos de la vida social, política y económica del país, aunque, sin lugar a dudas, la posición de los partidos respecto al conflicto con los palestinos y los países árabes es el elemento primordial para catalogar a los distintos partidos en su tendencia a agruparse en “bloques” de componentes más o menos afines u homólogos.

Así se habla del “bloque de derecha”, caracterizados por ser intransigentes y combativos y está compuesto por el Likud (Unidad) bajo el liderazgo de Bibi Netanyahu como candidato a primer ministro, Shas (religiosos ortodoxos sefardíes), Agudat Israel (religiosos ortodoxos asquenazíes), Israel Beitenu (inmigrantes rusos y derecha secular), Bait Yehudi (Casa Judía, religiosos nacionalistas), Haijud Haleumi (Unidad  Nacional – colonos de Cisjordania). A estos partidos se le podría agregar otras agrupaciones pequeñas, generalmente de extrema derecha, aunque es difícil vaticinar si es que conseguirán el mínimo requerido para lograr, al menos, un parlamentario.

El “bloque de izquierda”, caracterizado por su predisposición, según sus declaraciones, a un acuerdo basado en un compromiso territorial con los palestinos y Siria, está compuesto por Kadima (Adelante) liderado por Tzipi Livni como candidata a primer ministro; Avodá (Laborismo) liderado por Barak, también postulado como jefe de Gobierno; Meretz (Energía, lista unida de la nueva izquierda); Hadash (Frente democrático por la paz e igualdad); Balad (Alianza nacional democrática); Raam-Tal (Lista árabe unida). Estos tres últimos partidos son erróneamente denominados “partidos árabes” debido al amplio apoyo que reciben de la población árabe, aunque se debe aclarar que el partido Hadash incluye candidatos y muchos partidarios judíos. Por otra parte es importante señalar que según las estadísticas de los últimos años se demuestra que un 40% de la población árabe de Israel da su voto a partidos considerados vulgarmente como “sionistas”, inclusive a algunos de los partidos religiosos judíos que no son siempre realmente “sionistas”.

A estos dos bloques se le debe agregar otros dos pequeños partidos particulares y sectoriales como es el caso de los Verdes o la Lista Ecologista y el partido de los Jubilados. Estos partidos están dispuestos a apoyar cualquiera de los dos bloques en caso que le respondan positivamente a parte o todas sus demandas sectoriales. 

El aspecto más interesante de la realidad política de Israel es comprender el manipuleo que se le da a los resultados de las elecciones. Más allá de importar el resultado absoluto de un partido, es de mucho mayor importancia, y tal vez la única garantía de participar en un futuro gobierno, el resultado que lograron todos los partidos componentes del bloque afín con respecto a los partidos del bloque adversario en conjunto. 

En este juego numérico salta a la luz uno de los más desagradables aspectos discriminatorios y segregantes de la sociedad israelí respecto de parte de sus legítimos ciudadanos. Los denominados “partidos árabes” son considerados como elemento positivo por parte del “bloque de izquierda” si junto con ellos logra contabilizar 60 o más parlamentarios. En esta situación el líder del bloque puede lograr recibir el mandato del Presidente  para constituir una coalición gubernamental, o por lo menos, impedir que lo reciba el partido mayoritario del “bloque de derecha”. A partir de este momento los “partidos árabes” pasan a ser “mercadería de segunda categoría” pues su participación en un gobierno de “partidos sionistas” puede llegar a ser considerado una seria traición por la población judía.  Al menos la historia ha demostrado que esto jamás ocurrió y es muy difícil de suponer que ocurra en un futuro próximo. Por el contrario, todos los miembros del “bloque de derecha” son “puros” y con derecho a participar en la coalición gubernamental si los números se lo permiten.

El segundo aspecto interesante en esta situación cronológica de la formación de la coalición gubernamental y gobierno se sucede en el momento que un bloque logra “en los papeles” la mayoría necesaria para bloquear al otro o directamente para formar gobierno. En esta situación, no hay que sorprenderse si algún partido del bloque minoritario, en este caso, decide repentinamente cruzar las líneas y pasarse al bloque mayoritario. Eso si, siempre se trata de un “patriótico llamado del destino del país que demanda el sacrificio, en beneficio de los intereses del país y no los partidarios y/o particulares”, etc. etc.

De acuerdo a los sondeos previos a las próximas elecciones, el “bloque de derecha” liderado por el Likud con Bibi Netanyahu tiene previsto el triunfo logrando todos los partidos del bloque entre 64 a 66 escaños versus 56 a 54 del “bloque de izquierda” (incluyendo los denominados “partidos árabes”).

Las excelentes perspectivas de Netanyahu en liderar la formación del próximo gobierno también son validas incluso en caso que el bloque de izquierda logre 60 escaños o unos pocos mas (prácticamente no mas de uno o dos) pues tanto Livni como Barak, para no ser expuestos como “sionistas traidores” no pueden basarse para formar gobierno en los votos de los “partidos árabes” (aproximadamente 10 escaños). Es exactamente la misma situación que se vivió el pasado verano de 2008 con la renuncia de Olmert. Ante la misión encomendada por el presidente Shimón Peres de formar gobierno, Livni se vio imposibilitada de cumplir el objetivo, y por tal motivo, se debió llamar a nuevas elecciones.

Amplios sectores tanto de Israel como del exterior, así como muchos de los medios de difusión, trasmiten permanentemente un serio temor de las temibles consecuencias que puede arrastrar la constitución de un gobierno liderado por Netanyahu apoyado por el “bloque de derecha”, tan unificado y consolidado en sus políticas expansionistas, en su intransigencia y su belicosidad en todo lo referente a las relaciones con los palestinos y Siria.

No es comprometedor asegurar que aunque el riesgo existe, no hay motivos de una seria preocupación. Los políticos de Israel, como en todo el mundo, están guiados por sus ideologías, pero por encima de todo, por el irresistible instinto de supervivencia en los altos escalones gubernamentales, en especial, la indomable atracción del cuero de los sillones ministeriales.

Netanyahu tiene muy claro que si forma un gobierno solo con el apoyo del “bloque de derecha” basado en una plataforma expansionista e intransigente, es de esperar que en forma casi automática le cancelen la “visa política” de entrada en Estados Unidos de América. Barak Obama no se puede dar el lujo de comenzar su mandato dando apoyo a un gobierno que le pueda embadurnar su imagen democrática y liberal, aunque será necesario aguardar un tiempo para demostrar que sus medidas concretas en la zona lleguen a diferir mucho del gobierno de Bush.

De parte de Netanyahu, sería demasiado cándido suponer una actitud tan suicida de un experimentado político israelí, especialmente en los pasillos del Congreso estadounidense y la Casa Blanca.

Por lo tanto, a los pocos minutos que se anuncien los primeros resultados de las elecciones ya se podrán escuchar las primeras propuestas de un “gobierno de unidad nacional” que incluya todas las fuerzas centrales de los partidos sionistas.

“Los desafíos ante los críticos problemas del destino del país exigen dejar de lado intereses sectoriales y unificarse detrás de los objetivos comunes a todo el pueblo”, repetirán una y otra vez los candidatos de los partidos que hasta horas antes vociferaban por alternativas políticas opuestas totalmente una de otra.

La base primordial de esta nueva coalición estará constituida por el Likud y Kadima o Avodá aunque nadie se podrá sorprender de una posible coalición compuesta por los tres partidos juntos. Sobre una de estas bases se acoplaran otros partidos del “bloque de derecha” No debería dejarse de lado la posibilidad teorética de una coalición casi de pared a pared de casi todos los partidos sionistas dejando de lado solo a Meretz y los “partidos árabes”. En este caso la coalición gubernamental gozaría de una mayoría, claramente antidemocrática, del 85% al 90% de los congresales. El monolítico apoyo de la población judía al último y sangriento operativo en Gaza no es más que un claro y muy cercano indicio.

La plataforma política de este nuevo gobierno, tal como ocurrió con la mayoría de los gobiernos de los últimos tiempos, será una obra de arte lingüística que dará cabida a aspiraciones de partidos con plataformas totalmente opuestas. En ese sentido, la experiencia política israelí nos demuestra que más que una “coalición de unidad nacional” se trata de una “coalición de parálisis nacional”. Los sectores contenciosos se neutralizan entre sí y el gobierno es incapaz de promover ningún plan serio. No en vano los últimos gobiernos se caracterizaron por una carencia total de planes y estrategias a largo plazo, a lo sumo, se conformaron con improvisaciones o respuestas a planes formulados por terceras partes.

La experiencia de los últimos años volverá a las pantallas, de la misma manera que una sesión de cine continuado. Otra vez sincronizaremos los planes para promover la paz con los estadounidenses. Otra vez comenzaremos el diálogo con los sectores pragmáticos de los palestinos y tal vez con Siria con la promesa que estamos dispuestos a concesiones muy serias y dolorosas para el pueblo de Israel (por supuesto sin dar ninguna señal concreta). Otra vez seremos testigos de un sinfín de encuentros, reuniones acompañadas de besuqueos y fastuosas recepciones pero con un contenido totalmente estéril. Otra vez seremos testigos como el primer indicio de una posible concesión territorial enardecerá a la población de Cisjordania que “demostrará” su predisposición a la oposición violenta que por supuesto será tratada con guantes de seda por las autoridades de seguridad y no como a los traidores que protestaron pacíficamente contra la guerra de Gaza. 

Otra vez los políticos israelíes demostrarán su “conocida valentía” en una clara impotencia de enfrentarse con esos tremendos peligros a la democracia israelí. Así, otra vez prometeremos a los estadounidenses y a todo el mundo el desmantelamiento de asentamientos judíos en Cisjordania sobre tierras usurpadas y lo único que observaremos serán nuevas casas, nuevos barrios, nuevos asentamientos. Otra vez veremos como los americanos y los europeos hacen vista gorda de claras transgresiones de leyes internacionales.

Al final, veremos como tras no más de un año y medio a dos años comenzarán nuevamente las pugnas internas de la coalición hasta que esta se desmorone y de esta manera se da la señal al proyector de la sala de poner nuevamente el primer rollo de la misma y repetida película de este continuado político que no ve su final feliz.

Este guión tiene una sola posibilidad de un drástico cambio. Este emanará únicamente si el nuevo presidente de Estados Unidos, Barak Obama, decide seriamente tomar el toro por las astas y romper definitivamente con la indiscutible relación entre el compromiso de Estados Unidos de velar por la seguridad de Israel y la impunidad con la que se le permite transgredir normas internacionales y actuar violenta y unilateralmente.

De nos ser así, lo único que se puede vislumbrar en nuestro lento, persistente pero seguro andar es la clara dirección hacia el abandono del programa de dos países para dos pueblos y la obligada adopción del programa un país para dos pueblos con las trágicas y conocidas consecuencias para el pueblo judío.

Ojalá me equivoque.

 

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