Natanihau en su primer examen: un tigre de papel

Bibi Natanihau regresó a su soñada función de Primer Ministro de Israel ataviado por dos cualidades fundamentales: por su renombrada reputación de ser muy versado en el manejo económico y por pretender estar dotado de una firmeza granítica y muy baja predisposición a ceder en las negociaciones. No en vano se presentó a las últimas elecciones exhibiendo su brillante curriculum como Ministro de Economía que años atrás salvó al país de caer en bancarrota encarrilándolo en la vía del crecimiento y progreso, según su concepción.

 

No importa el precio social ni cuantos cientos de miles de victimas se hundieron de camino en la pobreza, todos ciudadanos de Israel cuya única culpabilidad se centraba en que vivían en su mayoría solo del trabajo y no de oscuros juegos bursátiles. Como experto en medios de comunicación, Bibi sabe muy bien que en nuestros días la verdad es relegada a segundo plano y la imagen que se proyecta en los medios es lo más importante.

 

Tan característico de la personalidad de Natanihau, el cargo de Primer Ministro no le era suficiente, y para que quede claro quién es aquí el patrón, quién es el jerarca y quienes son los subalternos, se condecoró a si mismo con un título más: Súper Ministro de Estrategia Económica.

 

A pocos días de tomar funciones, y tan solo tres semanas atrás, Natanihau y su dependiente, Yuval Shtainitz, Ministro de Economía, se presentaron ante los medios en una conferencia de prensa donde anunciaron con bombos y platillos los puntos principales del plan económico del nuevo gobierno. En sus palabras y gestos, metaforizando un avión, a partir de ese momento la economía de Israel abandonaba su aterrizaje forzoso y comenzaba el despegue con el cielo y las estrellas como límite.

 

Como era de suponer de tan sobresalientes representantes de las concepciones económicas liberales, la exposición se centró en la necesidad del equilibrio presupuestario, la reducción de la carga impositiva, la promoción de la actividad privada, la liberación máxima del mercado del trabajo y la promesa, poco confiable, por la preocupación de las capas débiles de la población. En un monólogo, casi teatral, Natanihau repitió una y otra vez: “la población paga demasiados impuestos. Llegó la hora de reducirlos”.

 

Las ordenes e instrucciones adecuadas fueron trasmitidas a la Secretaria pertinente del Ministerio de Economía y tras ardua tarea de los expertos el anteproyecto de ley presupuestaria fue dado a publicidad una semana atrás. El mensaje que se trasmitía de la mayoría de los artículos era claro y tajante: drásticos y crueles recortes presupuestarios para la gran mayoría de los sectores, inclusive, para el sagrado e intocable presupuesto de seguridad. Vale la pena señalar una “excepción muy heroica y equitativa”: a los sectores con los ingresos millonarios se les reduciría la carga impositiva.

 

La respuesta no demandó mucho tiempo. Los sectores afectados levantaron inmediatamente su voz de protesta y reclamaron la cancelación de medidas que acarrearían, en su interpretación, nefastos resultados económicos y sociales.

Hasta aquí el corso presupuestario anual, de un contenido e intensidad típicos de un sistema de poder basado en una coalición parlamentaria. Lo llamativo, y de alguna manera fuera de lo común, es la sorpresiva respuesta de Bibi Natanihau ante estos ataques. Repentinamente, y por arte de magia, desaparecen del escenario su ideología, su reputación y fundamentalmente, su tan renombrada aspereza y severidad en las negociaciones.  De inmediato comienza la función de la gran farsa o mejor dicho la gran tragedia de poder en Israel.

 

A Ofer Eini, Secretario General de la Confederación de Trabajadores de Israel, no le fue necesario ni siquiera amenazar con 5 minutos de huelga para que Natanihau dé un paso atrás en prácticamente todas las medidas programadas que afectaban a los trabajadores vinculados a esa central obrera. Ehud Barak, el vapuleado y debilitado Ministro de Defensa, tampoco se esforzó demasiado ni fue necesario que levante la voz. Una reunión con Natanihau de un par de horas bastó para que este último se retracte de todos los recortes previstos en el monstruoso y dilapidador presupuesto de defensa. La facilidad con que se rinde Natanihau fue interpretada rápidamente por otros ministros quienes también logran anular las drásticas medidas en sus fondos.

 

Ante el asombro del los medios y del público en general, en un gesto de desprecio por el orden institucional y la responsabilidad natural de un líder, el mismo Natanihau no encuentra otro chivo emisario de su serio fracaso de liderazgo mas que culpar públicamente a los altos funcionarios de la Secretaria de Presupuestos del Ministerio de Economía, y por ende, a su colega de partido, el Ministro de Economía Yuval Shtainitz.

 

Pero el sainete continúa y esta lejos de bajar el telón. De acuerdo a la ley, se reúne el pleno del gobierno para aprobar finalmente la ley de presupuesto nacional. El libreto preparado por Natanihau para esta oportunidad ofrecía una nueva versión de un drama gubernamental. En una patética reunión de gabinete los ministros discuten los distintos puntos, aunque de principio queda muy claro que las decisiones importantes del la ley de presupuestos no se tomaran en ese forum, sino en otro que estaba reunido a la misma hora dos pisos mas arriba. Ofer Eini, de la central obrera y Shraga Brosh en representación de los empresarios, junto a un asesor de Natanihau, discutieron y fijaron el marco presupuestario básico que en ultima instancia los propios ministros se vieron en la obligación de aprobar. La máxima instancia del orden institucional de Israel quedó subordinada a una troica de interesantes extra gubernamentales. 

 

En los aspectos económicos, en relación a las pomposas declaraciones previas, el resultado es penoso y lamentable. El déficit presupuestario se duplica, se incrementan viejos impuestos y se decretan nuevos. Natanihau solo queda fiel al artículo que más lo identifica en su concepción de la equidad y justicia distributiva: se reducirá la carga impositiva a las familias millonarias del país.

 

Desde el punto de vista del orden gubernamental y estatutario, las consecuencias se pueden considerar calamitosas. Natanihau, mas allá de sus posiciones ideológicas, evidenció ser un fracaso como líder, incapaz de conducir un gobierno que fija sus políticas, y lo que es peor, produjo un serio daño en los equilibrios institucionales. A nivel personal Natanihau demostró que su tan afamada valentía y coraje los tira muy fácilmente por la borda en un acto de rendición sin condiciones. Lejos de imaginarnos un superman todopoderoso, se nos aparece más bien como un tigre de papel.

 

En esas condiciones, no sé si Israel puede estar seguro de tener el líder apropiado para desafíos con caracteres más peligrosos y complicados que el económico.

 

Ojala me equivoque.    

 

 

 

  

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