Steve Jobs le quitó el antifaz

En el desesperado intento de buscar apoyo internacional ante las controversiales y discutidas actitudes de Israel en su conflicto con los palestinos y países árabes, muchos de los paladines del estado judío se tientan por  recurrir a una  herramienta poco convencional: el renombrado ingenio y talento judío. Los logros científicos, culturales y artísticos de representantes de la colectividad judía dispersa en todo el mundo (esta vez sin el cuidadoso control del judaísmo ortodoxo de Israel que chequea con microscopio rabínico toda sospecha de mezcla con sangre no judía) se convierten en un apropiado embalaje debajo del cual  pueden pasar desapercibidas serias transgresiones a leyes internacionales o discriminaciones. Hoy haremos referencia a dos figuras de las más relevantes que se expresan reiteradamente sobre la temática del conflicto de Medio Oriente dirigiéndose hacia el mundo hispanoparlante.

Pilar Rahola se pregunta “¿Qué factor cultural, religioso, histórico, incluso hasta genético podría explicar las sorprendentes cifras que rodean a los innumerables escritores, pensadores, directores de cine, músicos, creadores de todo tipo que han surgido del pueblo judío?” y continúa con el interrogante:  “Que un grupo humano que representa menos del 0,2% de la población mundial haya dado a la humanidad más del 20% de los premios Nobel, entre ellos algunos de los últimos, está fuera de toda estadística y, seguramente, de toda lógica”. ¿Cuál es su respuesta? Seguramente todo judío nace con un factor X que quizás sea “la vida judía, el conjunto de valores que marcan su complejo entramado cultural, en los cuales, la veneración por la vida, la superación individual y el compromiso con la cultura han sido su hecho diferencial durante siglos.” En cambio los otros, los menos exitosos, con “50 años de petróleo y recursos ilimitados, decenas de países y millones de personas no han dado un solo premio Nobel al mundo” (Pilar Rahola, “El factor X en los judíos”, Diario El País, España, 7-7-2007).

Para Julián Schvindlerman “hay algo muy peculiar a propósito de la genialidad judía. La medición de la excelencia humana más reconocida, el Premio Nobel, así lo demuestra. Durante la primera mitad del siglo XX, el 14% de los premiados en literatura, química, física y medicina/psicología fueron judíos. Durante la segunda mitad del siglo último los judíos conformaron el 29% de todos los premiados por el Comité Nobel. En lo que va del milenio, los judíos han obtenido el 32% de las prestigiosas distinciones. El merito luce extravagante a la luz de que los judíos representan el 0,2% de la población mundial” (Julián Schvindlerman, “Israel a los sesenta” www.julianschvindlerman.com, Enero 2008)

Estos prestigiosos analistas de la realidad de Medio Oriente pretenden adjudicar ventajas políticas o diplomáticas a Israel aduciendo genialidad en base a logros científicos, culturales o artísticos. Sus buenas intenciones de ninguna manera logran desprenderse del serio tinte racista que acompaña a esta visión. Efectivamente, los acontecimientos que se suceden al poco tiempo son justamente los que nos iluminan la realidad.

El 5 de Octubre de este año todo el mundo se sintió tristemente consternado ante el anuncio del fallecimiento de Steve Jobs, el genio que fundó y desarrolló el emporio de las comunicaciones modernas Apple.  Es cierto, no recibió ningún Premio Nobel, aunque sin lugar a dudas su sabiduría creativa y visionaria cambió quien sabe por cuánto tiempo el escenario tecnológico de todo el mundo. Sin lugar a dudas, un logro mucho más significativo para la humanidad de nuestro tiempo que el renombre científico, una medalla y un millón de dólares del Rey de Suecia. Pero fue justamente este triste acontecimiento el que les quitó el antifaz y desmoronó los argumentos de Schvindlerman y Rahola.

Por las venas de Steve Jobs corría sangre de ascendencia árabe. Su padre biológico, Abdulfattah Jandali, inmigrante sirio musulmán a Estados Unidos de América, junto a su madre de nacionalidad americana con ascendencia europea, lo entregaron en adopción a una pareja de clase media americana de origen armenio. A pocos meses de iniciar sus estudios universitarios, la falta de medios económicos lo obligó a abandonar las aulas de la universidad Reed College de Portland, lo que nos permite afirmar, sin duda, que estamos frente a un histórico y singular ejemplo de autodidacta.  

He aquí donde se cae y se descubre el carácter racista del argumento de Schvindlerman. El caso de Steve Jobs no puede entrar bajo la misma categoría que los judíos. Los judíos son judíos en todo el mundo. Por el contrario, un sirio será árabe solo en Siria. Si en Estados Unidos es exitoso, pierde su carácter de árabe.  “Creo que de haberse quedado en Siria, (Jobs) no hubiera inventado nada, dijo un sirio a Reuters. Lo cual es completamente cierto. Steve Jobs fue el resultado de la cultura americana, no de la genética árabe” (Julián Schvindlerman, “Steve Jobs: ¿Hijo de Arabia?Radio Jai, 11-11-2011)

Ahora queda claro: aunque no lo dice en su primera nota, para Schvindlerman el fenómeno conocido como la genialidad judía es una cuestión genética. Aparentemente la genética judía promete un gen que les garantiza a sus miembros una gran probabilidad de éxito, y, a diferencia de los árabes, no importa donde residan. Suena extraño al oído judío y huele feo. Lamentablemente éste es el resultado de introducir dentro de discusiones políticas el argumento del cual el judaísmo sufrió en el pasado y debería alejarse de él lo máximo posible.   

Para finalizar y sin hacer ninguna comparación, vale la pena advertir que las estadísticas demuestran que, desde que se otorgó el primer Premio Nobel (1901) hasta principios de la segunda guerra mundial, el porcentaje de científicos y pensadores alemanes que  recibieron tan alto honor fue muy cercano al 30% del total de premios asignados.

Un buen material para pensar.   

Daniel Kupervaser

Herzlya – Israel  5-12-2011   http://daniel.kupervaser.com/blog/

Leave a comment

Your email address will not be published.


*