Un ejemplo de Apartheid israelí

Se equivoca Alon Liel, ex Director General de la Cancillería Israelí, cuando afirma que “la continuación de la expansión de los asentamientos en los territorios palestinos ocupados  ….. nos lleva al apartheid”[1]. No es que nos lleva, el apartheid israelí hace tiempo que llegó, está vivo y pisa fuerte.

La necesidad de calmar a la sociedad israelí ante uno de los periódicos rebrotes del instinto de venganza, como consecuencia de los trágicos acontecimientos del último mes en nuestra región, dio lugar a otro ejemplo de esta reprobable conducta discriminatoria sobre una base étnica.

Ziad Awad, terrorista palestino convicto, fue liberado por Israel en Octubre 2011 en el marco del acuerdo con Hamas como condición de la restitución del soldado Shalit. Awad no logró frenar sus instintos y el 15 de Abril de este año asesinó con una brutal ráfaga de ametralladora al Comisario israelí Baruj Mizraji que ocasionalmente paseaba inocentemente con su familia en una ruta cercana a la ciudad de Hebrón.  

Tras dos meses de intensas investigaciones, los servicios de seguridad de Israel llegaron a Ziad Awad quien fue detenido. Coincidiendo con este logro, en los mismos días y según versión de los servicios de seguridad de Israel, dos palestinos de Hebrón secuestraron y  asesinaron en Cisjordania a tres jóvenes judíos.

Atento al clamor popular de represalia dolorosa, Netanyahu ordena inmediatamente la demolición de la casa de Awad, pese a que desde el año 2005 este castigo colectivo fue suspendido después que una comisión especial concluyó que esta medida disuasoria solo enfurecía más a la gente y conducía a más ataques.

No menos insólitos que la decisión del Primer Ministro israelí fueron los argumentos del Superior Tribunal de Justicia de Israel cuando autorizó tal demolición. El juicio para probar la culpabilidad de Awad ni siquiera comenzó, pero el alto tribunal israelí “rechazó la demanda de esperar sentencia hasta el final del juicio a Awad pues para aprobar la demolición son suficientes pruebas administrativas que atestiguan que en la casa destinada a la destrucción vive el terrorista”[2]. Un buen ejemplo de la “intachable justicia israelí” que autoriza castigo irreparable antes de sentencia.

Yosef Jaim Ben David, judío y comerciante de 29 años, repentinamente se sintió impulsado por un peligroso síntoma que los últimos años caracteriza cada vez más al judaísmo de la sociedad israelí: hacer justicia por propias manos. Este residente de la ciudad de Jerusalén movilizó dos menores de edad judíos y juntos secuestraron y asesinaron a Mohamed Abu Khdeir, inocente palestino de 16 años de edad, no sin quemarlo cuando aún estaba con vida. Los sospechosos fueron identificados por la policía y detenidos. Durante los interrogatorios confesaron culpabilidad en el crimen, lo reconstruyeron y adujeron como motivación venganza por el asesinato de los tres jóvenes judíos en Cisjordania[3]. El 17 de Julio el Fiscal de Estado presentó ante el juzgado la acusación pertinente y se está a la espera de la apertura del juicio.

Pese a la gran coincidencia de fechas, brutalidad y circunstancias que motivaron los crímenes descriptos (conflicto palestino-israelí), se percibe claramente en el ejecutivo israelí una visión discriminatoria en el tratamiento del castigo que les corresponde a los culpables. Mientras que la familia de Ziad Awad fue testigo de cómo su casa volaba por los aires, la familia de Yosef Jaim Ben David, con mucha seguridad, puede continuar tranquilamente su vida en su vivienda.

El motivo es muy claro. Ben David es judío y Awad árabe palestino. La existencia de dos vías diferentes según la pertenencia étnica para penalizar el mismo delito tiene un nombre en español: segregación racial y en ingles apartheid.

El argumento que un crimen se cometió en Israel y el otro en Cisjordania es irrelevante por dos motivos. En primer lugar se debe mencionar que en ambos casos la jurisdicción perteneció exclusivamente a la misma justicia israelí.

En segundo lugar, y tal vez el argumento más relevante, las estadísticas nos revelan, lamentablemente, que en todos los casos de terroristas criminales judíos convictos con residencia y/o crímenes en Cisjordania las autoridades israelíes no tocaron, sin exclusión, ni un solo ladrillo de sus viviendas.

He aquí algunos ejemplos.

Baruj Goldshtein, que en 1994 asesinó a 29 palestinos que rezaban en una mezquita, no solo que no le tocaron su casa, sino que su tumba (murió linchado durante su ataque) se convirtió en un emblema de extrema derecha judía visitada por miles y miles de adeptos. Yakov Taitel, que asesinó dos palestinos en dos oportunidades que por casualidad se le cruzaron de camino. Ni que hablar de los terroristas componentes del llamado Grupo Clandestino Judío (Hamajteret Hayeudit), tales como Hagay Segal, Natan Natanzon o Menajem Livni, hoy con cargos oficiales o mediáticos de alto rango.  

Los aduladores mediaticos incondicionales a Israel buscan desesperadamente rebatir las acusaciones de apartheid israelí. Lamentablemente el posicionamiento cada día más fuerte del instinto de venganza perversa y sadismo cruel en los judíos de Israel conlleva necesariamente a adoptar normas discriminatorias, y lo que es peor aún, a justificarlas.

Ojala me equivoque

Daniel Kupervaser

Herzlya, 25-7-2014  http://daniel.kupervaser.com/

 [1]  “Los asentamientos israelíes en Cisjordania son ilegales”, Clarín, 22-7-14

[2]  “Apelación rechazada: la casa del asesino de Baruj Mizraji será demolida”, Arutz 7, 1-7-14

[3]  “Confesaron los tres sospechosos del asesinato del joven palestino”, Ynet, 7-7-14

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