Deportar el humanismo

En una singular coincidencia, la mayoría de los analistas estiman que la propuesta de Netanyahu de deportar familias de terroristas palestinos a Gaza o Siria no podrá prosperar ante la relativa inflexibilidad de la justicia israelí. Pese a continuas amenazas de la bancada oficial, difícilmente la Suprema Corte israelí autorice transgresiones a reconocidas normas internacionales.

Sería demasiado ingenuo suponer que el Primer Ministro de Israel, el político más ducho en el país, esté dispuesto a darse inocentemente la cabeza contra la pared del más alto tribunal. De ahí que esos mismos analistas también concuerdan en afirmar que tanto la publicación de la solicitud con permiso de acción que Netanyahu envió al Fiscal de la Nación, como el proyecto de ley presentado en el parlamento que permita esa deportación, no tienen otro significado más que una evidente manipulación táctica en los medios. En realidad, Bibi trata de mostrar a su público que dispone de medios efectivos para combatir el terror, pero los jueces se lo impiden.

Si toda esta parodia se pudiese circunscribir solo a los esfuerzos de Netanyahu de hacer aspaviento para permanecer en su alto cargo, sería muy comprensible y hasta razonable. El problema es que las circunstancias se derivaron en una serie de sucesos que proyectan al componente judío de la sociedad israelí y al pueblo judío de la diáspora en una bochornosa imagen que pone en evidencia una vez más el problemático proceso de su degeneración histórica de los últimos años. Bibi mostró al mundo otro devenir maligno del pueblo judío.

Israel Katz, Ministro de Transporte e Informaciones, presentó formalmente en el Congreso el proyecto de ley de deportación de familias de terroristas y en una prepotente extralimitación del ejecutivo advirtió que “también el poder judicial debe ser parte del proyecto para permitir dictar la ley con prontitud”[1].

La apertura del procedimiento legislativo estaba prevista. Lo insólito del caso es que, tratándose de legislar la autorización oficial de un acto reconocido por normas internacionales como delito de guerra, con alta probabilidad de ser derogado por la Corte Suprema de Justicia, el proyecto presentado por el Ministro Katz ya ostenta el apoyo de todos los partidos de la coalición con la adición de dos partidos de la oposición (Yesh Atid de Lapid e Israel Beiteinu de Liberman).

Traduciendo a números, la nefasta iniciativa cuenta con el apoyo del 78% del electorado judío de Israel, aunque en la práctica se deba evaluar un 95% si apropiadamente se llega a esa conclusión por una anuencia tacita del laborismo de Herzog que hasta el momento expone un llamativo mutismo sobre el tema. Da la impresión que este choque entre las normas propuestas y valores universales no es solo ideología personal del Primer Ministro de Israel, sino que él se hace eco de un clamor popular de venganza a cualquier precio que, lamentablemente, se arraigó en el pueblo judío.

La aciaga imagen que proyecta la maquinación de Netanyahu no es casual y se ajusta perfectamente a aterradores informes de sondeos de opinión publicados el último tiempo.

En una amplia encuesta de opinión de la sociedad israelí (5.601 consultados), el Centro de Investigaciones Pew con sede en EE. UU logró reconfirmar los profundos y problemáticos cambios de los últimos años en la escala de valores del judaísmo israelí[2]. Tres aspectos cardinales centran la atención:

  • El 48% de los judíos israelíes cree que los ciudadanos árabes deben ser expulsados o transferidos del país.
  • El 79% de los judíos israelíes señaló que ellos mismos merecen “un trato preferencial” en Israel.
  • El 61% de los judíos cree que Dios entregó el territorio de Israel al pueblo judío.

Según sondeo de opinión del Instituto Panels Politics, a pedido del canal de TV del Parlamento Israelí, una mayoría absoluta del 63% de la población apoya la deportación a Gaza o Siria de familias de terroristas[3].

El Índice de la Paz, que mensualmente difunde el Instituto de la Democracia junto con la Universidad de Tel Aviv, en su versión de febrero de 2016, también aporta a la degradante imagen moral que proyecta la sociedad israelí al mundo. “Cuando se analiza la crítica internacional a Israel, el público judío casi por unanimidad (90%) sostiene que la reprobación del mundo a la conducta actual de Israel en el marco de su lucha contra el terror es total o parcialmente injustificable”[4]. Como que los ingleses recibían alabanzas de todo el mundo cuando ahorcaban a combatientes de Etzel Y Leji, por dedicarse al terrorismo en pro de la independencia de Israel.    

No se puede discutir el derecho de todo estado de defenderse ante ataques, en especial, aquellos dirigidos en contra de su población civil. El gobierno tiene la obligación de recurrir a todos los medios legales para proteger a sus ciudadanos, repeler las agresiones y procesar a los culpables. Cuando el conflicto implica población extranjera y/o territorios bajo control militar como consecuencia de enfrentamientos internacionales, las normas vigentes exigen atenerse a códigos internacionales que claramente no permiten castigos colectivos o trasferencia de poblaciones sobre una base étnica o nacional.

Si un palestino se encuentra culpable de colaboración o incitación con algún terrorista miembro de la familia, pues que se lo juzgue y que caiga sobre él la pena más grave que corresponda. Si no hay pruebas, quedará en libertad. Así como no se demolió ninguna vivienda de terroristas judíos, sospechosos o convictos, o no se deportó la familia de quien quemó vivo al bebé de la familia Dawabsheh, tampoco las viviendas o familias palestinas tiene que sufrir los instintos de venganza de una población judía incitada.

La conclusión es lamentable. La gran mayoría de judíos israelíes está dispuesta a deportar normas humanitarias universales de lo que en su tiempo fue su cuna: la esencia moral del judaísmo. De esta manera se trata de anteponer nuevamente el derecho a la excepcionalidad universal al que recurre frecuentemente el pueblo de Abraham para justificar discriminación, apartheid o transgresiones en Cisjordania.

Esta degeneración de los valores básicos que caracterizaron el judaísmo histórico avanza a pasos agigantados. El liderazgo judío de todo el mundo tiene pavor de enfrentar este proceso y prefiere alinearse automáticamente detrás de las directivas de Jerusalén. Esta complicidad acarreará, necesariamente, un futuro muy incierto a las colectividades judías del mundo. Los síntomas comienzan a saltar a la vista.

Ojalá me equivoque

Daniel Kupervaser

Herzlya – Israel 13-3-2016       

 [1]  “Yair Lapid está a favor de ley de deportación de familias de terroristas”, Arutz 7, 9-3-16

[2]Mayoría de judíos favorece expulsión de árabes”, Israel en Línea, 10-3-16

[3] “Sondeo: 63% de la población apoya deportar familias de terroristas”, Maariv, 10-3-16.

[4] “Índice de Paz febrero 2016”, Instituto de la Democracia, 1-3-16

2 Comments on Deportar el humanismo

  1. esta degeneración no es nueva, es un proceso qué comenzó hace casi medio siglo intensificándose durante los años y seguramente una gran crisis podrá corregir este proceso, que inecablemwnte conduce a una gran crisis

  2. lidia ostrovsky // March 15, 2016 at 10:04 pm // Reply

    Es indignante QUE LA FAMILIA DE UN TERRORISTA PAGUE LAS ACTITUDES DE UNO DE LA FAMILIA,cuantas madres lloran que su hijo se droga,y llevado por la misma comete crímenes, y ademas esa madre deberá pagar el error de su hijo.-Si la familia colabora, o es participe,que sea juzgada con la ley.-

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