LA BIBLIA COMO JUSTIFICATIVO DE SOBERANÍA Y CIUDADANÍA

Quienes redactaron la declaración de independencia de Israel en 1948 se preocuparon por la elección de un lenguaje apropiado destacando principios básicos de consenso universal que caracterizan a estados modernos y laicos.  

En su primera lectura pública del 15 de mayo de 1948, David Ben Gurión comenzó con la afirmación que “La tierra de Israel fue el lugar de nacimiento del pueblo judío. Aquí toma forma su identidad espiritual, religiosa y política”. Posteriormente reafirma: “El derecho a la creación del Estado de Israel fue reconocido en la Declaración Balfour del 2 de noviembre de 1917, y reafirmado en la resolución 181 de las ONU de 1947 que en concreto sancionó la conexión histórica entre el pueblo judío y la tierra de Israel y el derecho del pueblo judío a rehacer su Casa Nacional”

Posteriormente se detallan los principios democráticos básicos que guiarán el quehacer político del nuevo estado. “El Estado de Israel estará basado en la libertad, justicia y paz como lo preveían los profetas de Israel, asegurará la total igualdad de derechos sociales y políticos a todos sus habitantes, sin consideración de religión, raza o sexo”.

Muy sugestivamente, un aspecto importante quedó fuera de toda definición: los límites geográficos de ese Estado.

La historia nos relata que como resultado de la guerra de independencia que se desata a continuación, el Estado de Israel se queda con una proporción mayor del territorio de aquella asignada en la partición original de la ONU, para fijar lo que se conoce como los límites del armisticio de 1949. Estas líneas son reconocidas hasta hoy en día por prácticamente todos los países del mundo como limites legítimos de Israel.

Desde su creación, la población del Estado Judío incluyó una significativa proporción de ciudadanos no judíos, mayormente árabes palestinos. Este componente demográfico sufrió durante los primeros años la opresión de vivir bajo un gobierno militar especialmente instituido para su control. En 1966 se abolió definitivamente este ente claramente antidemocrático. A partir de ese momento, estos ciudadanos israelíes gozan de plenos derechos civiles, salvo ciertos aspectos que proyectan conductas típicamente discriminatorias hacia no judíos. Hoy en día la población no judía con residencia en los límites de 1949 de Israel representa un 25% del total (ese total entre los judíos incluye unos 700 mil que residen en Cisjordania pero que se cuentan como población israelí).

Todos queremos ser ciudadanos plenos

La guerra de los 6 días de 1967 con la conquista de Cisjordania cambió radicalmente toda la concepción sobre la que se sustentaba la base política e ideológica de Israel. El fanatismo y el fundamentalismo, especialmente religioso judío, irrumpieron en el escenario político para que paso a paso se fuera desmoronando esa estructura social y política basada en normas de igualdad, justicia y libertad.

Una creciente y generalizada sensación de invulnerabilidad dio paso a la ilusión de la resurrección de la gran Israel, del Nilo al Éufrates, de Turquía a Arabia Saudita. Los argumentos políticamente correctos de 1948 se convirtieron en obsoletos. Fue necesario movilizar nuevos justificativos.   

Para sobreponerse al primer obstáculo, el derecho a la soberanía sobre el territorio conquistado, nada más fácil que recurrir a personalidades y destacados rabinos que demuestren al mundo que la sagrada Biblia cumple también la función de registro universal de la propiedad de la tierra.

Según el Gran Rabino Menajem Mendel Schneerson, más conocido como Rabbi Lubavitch, creador del movimiento Chabad, “el argumento que la tierra de Israel pertenece al pueblo judío por las decisiones de ONU o la Declaración Balfour, no tienen ninguna base. Digan la verdad sin temor, y abandonen todo cálculo diplomático. La Biblia lo atestigua, Dios le entregó estas tierras al pueblo judío”[1].

Chaim Herzog, Embajador Israelí en ONU en 1975 y posterior presidente del país, se basó en argumentación muy similar en el año 1975 cuando defendió enérgicamente el derecho de Israel al dominio de Cisjordania. Así lo expuso: “Hebrón (ciudad importante de Cisjordania mayormente poblada por palestinos), es una posesión histórica del pueblo judío desde hace 4 mil años. Toda la ciudad de Hebrón es propiedad privada de la tribu de los Levitas del pueblo judío. Así está escrito en la Biblia”[2].

Llegó el momento de declarar soberanía israelí en Cisjordania

Ahora que se dispone del justificativo a la propiedad, y por ende a la soberanía sobre esos territorios conquistados en la guerra, y otros más que se puedan adosar en el futuro[3], surge el interrogante del segundo obstáculo, el más importante: ¿Qué hacer con la población nativa que por generaciones vive en ese territorio?

Si el Estado de Israel declara su soberanía “de jure” (“de facto” ya es un hecho prácticamente de 50 años atrás) anexando oficialmente el territorio de Cisjordania a Israel, necesariamente deberá definirse claramente bajo qué condiciones legales se incorpora la población palestina de esos territorios a Israel. Un cálculo rápido nos lleva a la conclusión que, en caso de otorgársele ciudadanía plena, el poder de voto de la población no judía de esa nueva y ampliada Israel pasaría a representar, casi de inmediato, un 50% o más del total.

Complicarse de esta manera está muy lejos de los planes de la dirección política actual de Israel. Teniendo en cuenta que en estos tiempos no hay ninguna posibilidad de retornar a situaciones de huida o destierro masivos como en 1948, esta realidad conlleva necesariamente a la búsqueda de salidas poco convencionales. Por esta vía se entró a movilizar las típicas argumentaciones de la excepcionalidad que el liderazgo judío moderno las asume con mucha facilidad.

Con la inspiración divina de los grandes rabinos y en nombre del judaísmo, el estrato que lidera el país se encarga de esbozar una salida política que, en su criterio, permite a Israel perdurar en la cumbre de las democracias ejemplares del mundo[4], a la par que mantiene una parte importante de la población en su territorio soberano carente de derechos civiles básicos, especialmente el derecho a voto.

Miky Zohar, miembro del parlamento por el partido Likud de Netanyahu, así lo expone: “Nosotros siempre debemos mantener el control de los mecanismos de poder del Estado como pueblo judío que lo recibió por derecho y no por clemencia. En una proyección futura puede ser que los árabes lleguen a ser mayoría, pero no podemos asumir semejante peligro. Los palestinos no tienen el derecho de una autodeterminación nacional, pues no son los dueños de esta tierra. Yo los quiero solo como residentes por mi sola rectitud, pues ellos nacieron aquí, viven aquí, yo no le diré fuera de aquí. Pero, lamentablemente tienen una desventaja significativa: no nacieron judíos”[5].

Con la misma concepción, Bezalel Smotrich, también miembro del parlamento por la coalición gobernante, propuso en estos días que el gobierno adopte oficialmente su programa denominado “victoria final”. El orden sugerido elimina toda posibilidad de adoptar la solución del conflicto con los palestinos según la fórmula de dos estados, imponiendo al pueblo vecino la toma de decisión entre dos alternativas: vivir en su domicilio actual bajo soberanía israelí sin derechos civiles básicos como residentes de segunda categoría o ser desterrados[6].

No cualquiera puede ser ciudadano de Israel 

Para aquellas personas que se sientan incomodas con este orden político propuesto al Estado Judío, deben entender que esta relación hacia los palestinos de Cisjordania está en vigencia y puesta en practica a diario con todo su esplendor, aunque “de facto”. Las propuestas solo quieren convertirlo en oficial, “de jure”.

REFLEXION

En este artículo se acentuó la determinación que la Biblia otorga propiedad al pueblo judío sobre la tierra de Israel (con límites muy elásticos y a conveniencia). Como consecuencia de ello, este pueblo está autorizado para fijar normas que mantengan población nativa de generaciones atrás carente de derechos civiles básicos por el solo hecho de no ser judíos. Es de suponer que el pueblo judío tiene muy claro el significado y principalmente el alcance universal de todas esas normas que justamente se dictan en base a valores judíos.

Bajo esas condiciones, pueblos del mundo en los cuales hoy en día se asienta la diáspora judía muy bien pueden adoptar esta nueva jurisprudencia originaria de Jerusalén, y bajo el mismo criterio, ciudadanos judíos de cada una de esas diásporas podrían pasar a ser residentes con derechos civiles limitados, principalmente sin derecho a voto.

La gran mayoría de los relatores del pensamiento judío no deja de recalcar la entereza, honestidad y rigor moral que caracterizan la escala de valores que define al judaísmo. Bajo estas condiciones, sería muy razonable suponer que las colectividades judías del mundo comprendan esta nueva realidad que deben enfrentar como consecuencia de la proyección internacional de las políticas israelíes. La Biblia garantiza superioridad judía en territorio de Israel y no en la diáspora. Se entendería como una gran hipocresía demandar la prerrogativa de negar derechos civiles en Israel a población nativa no judía argumentando preceptos del libro sagrado, y a la vez, exigir la implementación de principios democráticos universales para otorgar plenos derechos civiles a judíos en la diáspora.

Toda esta lógica puede caer si se interpone la excepcionalidad judía.  Dado que el pueblo judío es el “pueblo elegido por Dios”, que dispone de un “factor X” que lo diferencia y lo hace sobresalir frente a otros pueblos comunes, como lo afirma Pilar Rahola, se le debe permitir discriminar población no judía en Israel. Por el contrario, a pueblos del planeta les está prohibido discriminar a un judío, por cualquier motivo y en cualquier lugar del mundo.

Ojalá me equivoque

Daniel Kupervaser

Herzlya – Israel 27-9-2017

http://daniel.kupervaser.com/

kupervaser.daniel@gmail.com

@KupervaserD

[1] “Visión política y de seguridad de Israel según el Rabino Lubavitch”, Grupo académico de seguidores del Rabino Lubavitch, junio 2017, pág. 14

[2] Ídem, pág., 12

[3] En la primera Guerra del Líbano Israel dominó la región sur de ese país por 18 años (1982-2000). En ese período surgieron varios proyectos para colonizar con judíos ese territorio. Ver “Si hubiésemos colonizado también el sur del Líbano”, Dror Ateks, Haaretz, 20-6-2005 

[4] Véase las recientes e insólitas declaraciones en ese sentido en boca del filósofo judeo-francés Bernard-Henri Lévy, “Macri es la derecha democrática; Cristina, la trampa del populismo”, Infobae, 24-9-17

[5]   Entrevista a Miky Zohar, Suplemento Haaretz, 20-9-17.

[6]  Convención del partido Unión Nacional”, Haaretz, 12-9-17

Leave a comment

Your email address will not be published.


*