TRUMP BAILA AL COMPÁS DE NETANYAHU

En la fiesta de gala con motivo de su investidura presidencial, Donald Trump bailó al compás de My Way de Sinatra. Desde que retornó de su gira por Medio Oriente, da la impresión que el mandatario estadounidense cambió de gusto y prefiere bailar según el ritmo que fija Netanyahu.

El proceso eleccionario y la toma de mando de Trump como presidente de EE.UU. se proyectó directamente en la arena política israelí. Representantes de la extrema derecha colonizadora israelí se aferraron a sus declaraciones que daban a entender una relativa indiferencia con que el extravagante candidato presidencial estadounidense se refería a los asentamientos judíos en Cisjordania. Bajo ese trasfondo Nafatali Bennet, líder del partido Bait Yehudi, se apresuró a afirmar de forma tajante: “la victoria de Trump es una gran oportunidad de anunciar inmediatamente la cancelación de la idea de la instauración de un estado palestino en tierras de Israel”[1].

En esa ocasión fue justamente Netanyahu quien no se dejó llevar por estos proyectos idílicos para demostrar su comprobada cautela. Una vez conocido el triunfo de Trump, en un afable comunicado de la oficina el Primer Ministro israelí se trasmitió: “El presidente electo de EE.UU. es un verdadero amigo de Israel. Trabajaremos juntos por la seguridad, estabilidad y paz de nuestra región. Las firmes relaciones entre los dos países se basan en valores, intereses y destinos comunes. Estoy seguro que junto a Trump continuaremos fortaleciendo con nuevos logros la alianza especial entre EE.UU. e Israel”[2].

La cadencia de Trump esta por apagar su primera velita y la realidad nos demuestra que será necesario equiparse con un microscopio electrónico sofisticado para verificar si, y cuantos micrones, se logró avanzar en las negociaciones de paz entre palestinos e israelíes.

Netanyahu fija el ritmo

De un año de encuentros de representantes de las partes con los negociadores del presidente estadounidense se sabe que ni siquiera se pudo lograr reiniciar las negociaciones directas entre las partes y que todos los esfuerzos se centralizan todavía en una fase preliminar aparentemente infranqueable: arribar a un acuerdo de un posible marco donde las partes puedan negociar.

En la campaña electoral Trump declaró con mucha arrogancia que resolvería el conflicto en un plazo de 6 meses. A los pocos días de asumir designó a su yerno Jared Kushner como su negociador asegurando que “dispone de cualidades únicas para cerrar operaciones” y que “si él no puede materializar la paz en Oriente Medio, nadie puede hacerlo”[3].

La soberbia de demandar solo 6 meses para resolver el histórico y complicado conflicto cambió rápidamente de tono. Durante su visita a la región en mayo de este año, Trump ya sintió la necesidad de confesar que “escuché que se trata de uno de los acuerdos más difíciles, pero tengo la sensación que lo conseguiremos”[4].

Pasaron solo 3 meses de estériles contactos para que sea justamente Jared Kushner quien encendiese las luces de alarma sobre un posible, y tal vez seguro, fracaso tal como la historia de las últimas décadas así lo atestigua. Interrogado sobre su labor en Medio Oriente durante una conferencia ante pasantes en el Congreso Estadounidense, el negociador del presidente respondió que “tratamos de trabajar con las partes para constatar si hay una solución” para posteriormente afirmar que “tal vez no hay solución”[5].

Sin embargo, esta voz de alerta de la persona de mayor confianza no modificó en lo más mínimo la conducta de Trump. Todo lo contrario. A los pocos días el presidente estadounidense envía nuevamente a su yerno a la región en tanto un alto funcionario de la Casa Blanca informaba que “Trump es muy optimista que la paz es posible”[6]. Al mes siguiente, durante su encuentro con Mahamud Abbas, presidente de la Autoridad Palestina, Trump persiste en su camino, aunque se expresa con mayor prudencia anunciando que “está trabajando sobre una iniciativa de paz, pero necesita más tiempo para darle forma definitiva”[7]. En esos mismos días, en su encuentro con António Guterres, Secretario General de ONU, le confesó que “hoy es más optimista de las posibilidades de llegar a un acuerdo de paz de lo que estaba antes de su asunción como presidente”[8].

El último cartucho para ganar tiempo lo disparó David Friedman, embajador de EE. UU. en Israel. En una entrevista televisada declaró que su gobierno se propone presentar un plan de paz en término de…. “unos meses”[9].

Para Barak Ravid, el conocido analista de Haaretz, hay que prestar atención a esa conducta de una eterna y obstinada búsqueda de un acuerdo de paz, aun con horizonte oscuro y un largo inventario de un pasado rebosante de fracasos. Esto estaría indicando claramente que “Trump se comporta exactamente como sus predecesores demócratas, pese a los esfuerzos de Netanyahu para que se concentre en otros temas”[10].

La primera parte de su apreciación es acertada. Difícilmente se puedan encontrar diferencias en la conducta persistente de la diplomacia estadounidense, tanto de Obama como la presente, en sus incesantes esfuerzos por promover un acuerdo de paz palestino-israelí, aun en contra de todas las posibilidades. Lamentablemente la segunda parte representa un serio error de análisis de este proceso.

No solo que Trump no se conduce en contraposición a la estrategia de Netanyahu, sino todo lo contrario. El presidente estadounidense se convirtió en el clásico escudo que defiende la persistencia de Netanyahu en el poder. Trump baila al compás de la música que emana de la flauta de Netanyahu.

Como reiteradamente se acentuó en estas páginas, la permanencia de Netanyahu en el poder está condicionada a la eternización y apuntalamiento camuflado del statu quo con los palestinos. El perpetuum mobile de aparentes, aunque estériles negociaciones de paz.

La concreción de todo acuerdo de paz, como lo demanda la oposición, necesariamente estará vinculada a concesiones territoriales que indefectiblemente acarrearan el desmoronamiento de la coalición que lo sostiene. Una enloquecida carrera de colonización de Cisjordania con imposición unilateral de soberanía israelí de jure en esa región, como lo exigen sus socios de extrema derecha, conduce casi de inmediato a la instauración de un estado binacional, algo insostenible para quien demanda ser reconocido como Estado Judío.

Todo esto se concreta por dos caminos. En el primero se encarga de otorgar luz verde a los perennes planes de reanudar las negociaciones de paz que el mismo se preocupa de sabotear. En un segundo plano Netanyahu se ocupa de dar un trato especial y reiterado a las frecuentes exigencias de sus camaradas extremistas. En la fase de la presentación y divulgación, Netanyahu declara su identificación y apoyo a la propuesta. Cuando son presentadas para su oficialización, Netanyahu repentinamente se resiste a aprobarlas aduciendo la necesidad de coordinación con el gobierno estadounidense. Posteriormente, en la mayoría, sino en todos los casos, se difunde una seria crítica y reprobación por medio de un comunicado de uno de los voceros de la Casa Blanca o la Cancillería de Trump. Resultado: el plan es limitado o encajonado. Trump es el único mecanismo que dispone Netanyahu para frenar los irresponsables proyectos de la extrema derecha que lo apoya.

Trump baila al compás

Durante el último año esta ceremonia destinada a confundir al público con la complicidad de Trump se repitió en varias oportunidades. Todas con el mismo guion. Se puede mencionar los frecuentes planes de ampliación de viviendas judías en Cisjordania, la ley de derogación de la desconexión del norte de Cisjordania de Sharon, el proyecto de anexión a Israel del asentamiento Maale Adumim y la ampliación jurisdiccional de la ciudad de Jerusalén hacia la región de Gush Etzion en Cisjordania.

Como demostración de la alharaca del discurso de Netanyahu solo basta revelar que el promedio anual de construcción de nuevas viviendas en Cisjordania durante los 8 años de su gobierno fueron el 10% menor que las de los gobiernos anteriores (2003-2009) de Ariel Sharon (que llevó a cabo la desconexión del norte de Cisjordania) y del transigente Olmert, ambos con el apoyo de distinguidos representantes de Avoda (Peres, Peretz y Barak)[11].  

Este juego ya ha tomado el carácter de rutina, y no es más que el resultado de la mutación de Trump que lo convirtió en marioneta manipulada por hilos en manos de Netanyahu para asegurar su permanencia en el poder.

Ojalá me equivoque

Daniel Kupervaser

Herzlya – Israel, 07-11-2017 

http://daniel.kupervaser.com/

kupervaser.daniel@gmail.com

@KupervaserD

[1] “Benet: una gran oportunidad de anunciar la cancelación de la idea de un estado palestino, Haaretz, 9-11-16 

[2]  Ídem

[3] “Trump a Kushner: si tú no puedes hacer paz en Medio Oriente, nadie puede”, Enlace Judío, 20-1-17

[4] “Trump sobre el acuerdo de paz: es una operación difícil”, Nana 10, 22-5-17

[5]Kushner sobre la paz entre israelíes y palestinos: tal vez no hay solución”, Ynet, 1-8-17.

[6] “Trump envía nuevamente a su yerno. La paz es posible”, Ynet, 12-8-17

[7] “Trump actualiza a Abbas”, Haaretz, 24-9-17

[8]Encuentro Trump-Secretario General de ONU”, 20il.co, 4-10-17

[9]Entrevista al embajador de EE.UU., Walla, 28-9-17

[10] “Pese a los esfuerzos de Netanyahu, Trump se comporta como sus predecesores”, Haaretz, 19-9-17

[11]  Fuente: Construcción de nuevas viviendas. Oficina Central de Estadísticas de Israel.

1 Comment on TRUMP BAILA AL COMPÁS DE NETANYAHU

  1. Inés Olarra // November 8, 2017 at 1:34 am // Reply

    Hay tantas músicas cómo ideas?

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