ALCANCES Y SECUELAS DE LA DECISIÓN DE TRUMP

Para la gran mayoría del mundo la reciente declaración de Trump reconociendo a Jerusalén como capital de Israel y la promesa de trasladar su embajada de Tel Aviv a esa ciudad no es más que un gesto aciago de un pirómano político. No por ello se debe dejar de lado que se trata de una clara demostración de autenticidad. Sus antecesores de las dos últimas décadas se caracterizaron por políticas ambiguas y contradictorias sobre la misma temática, aun cuando en sus campañas proselitistas expresaron las mismas promesas en relación a la ciudad santa.

Clinton, Bush y Obama, en repetidas oportunidades, manifestaron su indeclinable apoyo a Israel, pero observaron con preocupación la configuración de un statu quo permanente que apresa y oprime al pueblo palestino en una situación política inadmisible en los territorios conquistados en 1967, incluyendo Jerusalén Oriental. Bajo esta concepción, y con la sugerencia de todos sus asesores estratégicos, dejaron de lado sus promesas en relación a la situación de Jerusalén. Además, cada 6 meses y sin excepción desde 1995, firmaron la orden de no poner en práctica la resolución de su Congreso y Senado del traslado de la embajada bajo el pretexto de promover negociaciones hacia un admisible plan de paz entre israelíes y palestinos.

La reciente declaración de Trump contribuyó con un aporte muy significativo al conflicto palestino israelí de manera que su futuro quedó bajo opciones muy delimitadas. Pese haber tomado por iniciativa propia la posición de mediador del conflicto, esta última medida lo ubica claramente detrás de las posiciones de Netanyahu. Trump firmó la sepultura definitiva de toda solución razonable en el marco de “dos estados para dos pueblos”, y por ese camino, oficializó el apoyo incondicional de EE.UU. a la eternización del statu quo como marco “temporario” para las próximas décadas y tal vez generaciones.

El general israelí Trump tras la conquista de Jerusalén Oriental

En gran medida, el desencadenamiento repentino de este nuevo panorama en el conflicto palestino israelí es el resultado de actitudes de los mismos palestinos y de quienes pretenden defenderlos.  Las crecientes provocaciones norcoreanas y el nuevo ordenamiento de fuerzas del último año en Medio Oriente afectaron seriamente el posicionamiento estratégico estadounidense en el mundo. El significativo fortalecimiento de Putin en la región necesariamente causó un serio detrimento en la imagen de Trump.  

Bajo esta constelación, y ante la aproximación de la fecha límite de la suspensión del traspaso de la embajada con los conocidos trascendidos del caso, desde Ramallah, Ankara, Rabat Amón, Cairo y otras capitales de la región se escucharon serios desafíos, presiones y provocaciones dirigidas al residente de la Casa Blanca. Estas amenazas incluían suspensión de negociaciones de paz, ruptura de relaciones diplomáticas y culminaban con una temible ola de violencia infernal.

La necesidad de recuperar en parte su poder de disuasión seguramente convenció a Trump de la urgencia de esa determinación que ya conocemos, desentendiéndose de todo vínculo con posibles y trágicas consecuencias futuras. Una conducta muy propia de este personaje. El frente palestino es el más débil y fácil.  

El interrogante más importante del momento se centra en el análisis de las posiciones futuras que podrían tomar los actores principales de esta función. Sin lugar a dudas, Netanyahu esta en la mejor situación. Con el respaldo y la firmeza de Trump solo le resta mantener el control de la constelación actual bajo los parámetros existentes: defender el statu quo rechazando todo intento de progreso de la solución de dos estados, como lo exige todo el mundo y su oposición y/o la anexión de jure de Cisjordania, como lo exigen sus socios de extrema derecha de la coalición.

La situación es mucho más problemática en relación con los palestinos.

Si optan por continuar como participes de las negociaciones de paz, con o sin mediación o auspicio estadounidense, esta conducta será interpretada como un arrodillamiento y rendición frente a Israel. En este caso, como máximo, pueden aspirar a recibir, como premio consuelo, la institución de un mini estado palestino compuesto por unos pocos cantones separados entre sí y bajo innumerables limitaciones y controles israelíes. En la práctica, desde el punto de vista de las aspiraciones palestinas y una posible viabilidad, inadmisible.

En caso que opten por la violencia y rebelión armada, muy fácilmente se puede estimar que sufrirán un serio revés. Probablemente el único logro seria causar mucha molestia y dolor a la sociedad israelí. En última instancia, no se debe dejar de lado que el descomunal poderío militar israelí, principalmente la alta tecnología aplicada a los sistemas de información táctica y estratégica, anticipa, con mucha seguridad, un resonante fracaso palestino. Peor aún, este camino les provocará una drástica reducción del amplio apoyo internacional del que hoy gozan.

El mapa de la partición de palestina de 1947 que tanto festejan los judíos con Jerusalén bajo soberanía de ONU y no de Israel

Un consenso general admite la seria dificultad de modificar en un plazo razonable esa realidad de la dependencia de la administración estadounidense al poder económico y político judío e israelí. Bajo estas condiciones, a los palestinos de los territorios ocupados, como pueblo sometido a la opresión israelí sin derechos civiles, solo les resta el difícil, largo y seguramente tortuoso camino de la oposición civil pacífica.

Por esa senda desaparecería la Autoridad Palestina y todos sus símbolos regionales o locales de su poder, y, por ende, dejarían de tener vigencia los acuerdos de Oslo. Mahamud Abbas trasferiría la responsabilidad de preocuparse por la supervivencia de 3 millones de palestinos a los 6 millones de judíos de Israel que necesariamente deberían tomar el poder anticipándose a Hammas.

Con este escenario, los palestinos arriarían su bandera e izarían la israelí bajo la tajante demanda a nivel internacional de ciudadanía israelí e igualdad de derechos. Tal vez se trate de una nueva versión del gobierno militar a los árabes israelíes que Israel se vio en la obligación de abolir en 1966 tras 18 años de vigencia.

Estas cuatro alternativas, y solo estas, son las relevantes para el desarrollo futuro del conflicto. De todas ellas, probablemente Israel logre imponer la continuidad del statu quo con la ayuda del conocido servilismo estadounidense y la comodidad del liderazgo palestino. De esa manera se reconfirmaría el nefasto viraje histórico del judaísmo moderno que intenta demostrar al mundo que el Estado Judío ganó su derecho a la medalla de oro por su democracia, y, a la par, sujeta a población de millones oprimida por la fuerza militar y sin derechos civiles.

Quienes pagarán primero las consecuencias serán, sin duda, las diásporas judías cuyos liderazgos apoyan hipócritamente esta intolerable conducta. Solo basta con centrar la mirada en los medios informativos. No hay motivos para sorprenderse, las alarmas ya ululan.    

Ojalá me equivoque

Daniel Kupervaser

Herzlya – Israel, 9-12-2017 

http://daniel.kupervaser.com/

kupervaser.daniel@gmail.com

@KupervaserD

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