Solo pretendo ser una pequeña baliza que titila cuando creo
que erramos el sendero por el cual prometimos caminar

Archive for October, 2007

En todos los cursos de Educación Democrática nos enseñaron las reglas básicas que rigen el comportamiento del juego político en una democracia. Durante las campañas proselitistas, previas a las elecciones, los diferentes partidos exponen sus plataformas políticas, donde detallan sus respectivos programas de gobierno en las diferentes áreas.

Si tal o cual partido gana las elecciones y forma el Ejecutivo, su dirigencia debería, supuestamente, tomar decisiones basadas en la plataforma que lo llevó al poder. Asímismo, cabe esperar que los gobernantes asuman la responsabilidad directa sobre sus decisiones y se enfrenten al veredicto de la opinión pública y del electorado en los próximos comicios.

En teoría no hay motivos por los cuales el sistema no pueda funcionar de acuerdo a estas reglas. Pero en Israel, en la práctica, los procesos son un poco más complicados y confusos y, consecuentemente, los resultados suelen ser totalmente imposibles de predecir.

La política de aranceles universitarios, en la última década, es un buen ejemplo de ello.

En 1998, con Bibi Netanyahu como Primer Ministro e Itzjak Levy, del Partido Religioso Nacional, como ministro de Educación, las distintas agrupaciones estudiantiles pusieron en práctica un amplio plan de protestas, incluyendo violentas manifestaciones y una huelga de hambre, con el objetivo de reducir drásticamente los aranceles. Esa contienda culminó con una confusa promesa de Netanyahu de constituir una comisión que investigue y aporte soluciones al problema. Muchos todavía recuerdan la grotesca fotografía del fin de ese enfrentamiento cuando los jóvenes huelguistas hambrientos capitularon ante una suculenta pizza que les ofreció gentilmente la esposa de Bibi, Sara Netanyahu.

Sin que se haya formado ninguna comisión, Netanyahu perdió las elecciones ante Ehud Barak, quien prometió en su campaña electoral una reducción drástica de los aranceles.

El nuevo Gobierno, con Yossi Sarid del partido Meretz como ministro de Educación, nombró en mayo del 2000 una comisión presidida por el juez Elihau Winograd – el mismo que preside actualmente la comisión que investiga la Segunda Guerra del Líbano – con el objetivo de analizar básicamente el problema y fijar una disminución en los costos de estudios académicos.

A los pocos meses, la comisión expidió un informe que recomendaba la reducción de los aranceles en un 50%, gradualmente, durante 5 años.

Es importante recalcar que el Gobierno de Barak puso en práctica rápidamente estas sugerencias. Ya en el presupuesto del 2001 se aplicó una reducción del 14%. En 2002, con Ariel Sharón como Primer Ministro y Limor Livnat, del partido Likud, como ministra de Educación, la segunda Intifada y la recesión económica que trajo aparejada, dificultaron la continuidad en la aplicación de dicho informe. De todas maneras, el Ejecutivo concedió una nueva reducción, pero sólo del 3% en lugar del 7% previsto. Desde 2003 hasta hoy, se canceló definitivamente la aplicación del informe Winograd.

A principios de este año, con Ehud Olmert como Primer Ministro y Yuli Tamir, del partido Avodá, como ministra de Educación, fue nombrada una nueva comisión para investigar el tema, esta vez presidida por el ex ministro de Finanzas, Avraham (Baiga) Shojat, miembro veterano del laborismo.

La Comisión Shojat presentó su informe en julio. Sus conclusiones incluyen una drástica alza del arancel anual – aproximadamente de un 70% – aunque recomendó una ayuda significativa con un amplio sistema de financiación. De acuerdo al plan de pagos propuesto, los estudiantes pagarían un importe menor durante los estudios, pero se comprometerían a abonar la diferencia una vez finalizado los mismos y pasando a formar parte del sistema laboral.

Las agrupaciones estudiantiles expresaron su rotunda oposición a tales sugerencias y prometieron regresar a las contiendas callejeras a fin de impedir ponerlas en práctica.

De acuerdo a los programas originales, el informe de la Comisión Shojat debería ser debatido y aprobado por el Gobierno en las próximas semanas. No sólo la urgencia del desequilibrio financiero que viven las instituciones académicas en Israel así lo demanda, sino también, la cercanía de las discusiones del nuevo presupuesto para el 2008.

Según informaron fuentes cercanas al Gobierno y la oficina del Primer Ministro, tales discusiones fueron pospuestas hasta febrero del año próximo. Esta decisión, unida a una serie de informaciones no oficiales, indican que el destino del informe, aparentemente, no será distinto de los demás, y recibirá una honorable sepultura en un lujoso estante de algún archivo oficial.

Valiéndome del ejemplo de los aranceles universitarios, trataré de recalcar algunos aspectos relacionados a la temática de gobernar, decidir y tomar responsabilidades.

1. La presentación pública de plataformas ideológicas y políticas, y una clara promesa de su aplicación, previas a una elección, se convirtieron en los últimos años en una herramienta peligrosa. Los asesores políticos y de imagen convencieron a los dirigentes que la ambigüedad, la falta de claridad, y, de ser posible, el silencio político, son los elementos más valiosos para que un programa político garantice el éxito en las elecciones. Sharón, en 2001 y 2005, Olmert en 2006 y Barak en las elecciones internas del laborismo hace unos meses, son un claro ejemplo de esa conducta. No creo equivocarme mucho si afirmo que esta “enfermedad democrática” atacó también a ciertos prominentes candidatos en las próximas elecciones presidenciales en Argentina.

2. Una vez que los políticos logran la ansiada cartera ministerial, carecen de fuerza, poder, valentía y coraje para tomar decisiones y poner en práctica una política acorde con sus visiones ideológicas y políticas. El camino más fácil para resolver álgidos problemas es el nombramiento de una “comisión asesora o investigadora”, que en pocos casos aporta un informe, y en la mayoría sólo sirve para posponer el tema indefinidamente.

3. Los informes de las comisiones se convierten en el centro de la programación política, haciendo desaparecer a aquellas que figuran en las plataformas ideológicas de los diferentes partidos. De tal manera, la responsabilidad personal del ministro de turno, desaparece.

4. En la práctica reinan las políticas a corto plazo, basadas en soluciones parciales que reflejan el tire y afloje de las coaliciones gubernamentales sin ningún tipo de programación más visionaria y prolongada. Puedo resumirlo tomando el ejemplo de los aranceles universitarios: durante la década 1998-2007, en la práctica, se aplicó una política declarada y programada sólo en 2001. En los nueve años restantes se optó por la inercia y la alternativa del “parche temporal”.

Si no se logra desarrollar una política coherente y persistente en todo lo referente a los aranceles universitarios y presupuestos de las universidades, en muy corto plazo la ajustada situación financiera de dichas instituciones y la conocida fuga de cerebros científicos se convertirán en una verdadera catástrofe nacional.

Ojalá me equivoque…

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Como judío que hizo aliá en 1973, tuve la gran oportunidad de vivir de cerca todos los acontecimientos que acompañaron a Itzjak Rabín en la etapa política de su vida. No siempre fui su partidario, ni tampoco estuve de acuerdo con todas sus decisiones y medidas. Eso sí, siempre lo respeté y admiré como verdadero líder y cabecera de Israel y el sionismo.

No voy a exponer su biografía, aunque sí deseo resaltar ciertos aspectos de su personalidad que, a mi criterio, quedaron grabados en la historia de Israel como ejemplo de comportamiento democrático.

Rabín nunca se caracterizó por ser un gran orador, como lo fue Menajem Beguin. Sus discursos contenían un lenguaje directo y áspero. Fue un estratega, un líder inteligente y astuto, pero no un hombre de intrigas. No era un ideólogo que atraía masas, pero se convirtió en un estadista admirado por su pueblo y gran parte de la comunidad internacional.

La humildad de su personalidad también se reflejaba claramente en su conducta. A diferencia de todos los primeros ministros que lo sucedieron en funciones, él no necesitó de lujosas viviendas o palacetes en quintas privadas o barrios de lujo. Toda su vida adulta transcurrió en un departamento típico de un barrio de Tel Aviv, construido en los años ‘70.

Como cabecera y responsable máximo en sus diversas funciones, su modo de actuar se caracterizó por planificar cada paso hasta el mínimo detalle, sin dejar que nada se resuelva de forma automática, y controlaba personalmente todas las etapas. De esa forma planeó la apertura de la Guerra de los Seis Días con el tan conocido y glorioso triunfo. Sus allegados atestiguan que no soportaba la típica expresión “Yihé beseder”, que en hebreo diario viene a significar el tan vulgar y conocido dicho “no te preocupes, todo se va a arreglar”.

Quienes recuerdan los festejos de su triunfo en las elecciones de 1992 no se pueden olvidar su famoso discurso una vez conocidos los resultados. Para aquéllos que pensaban que se trataba de una nueva versión de la formación de un Gobierno en donde cada político de cuarta podría interferir en aspectos cardinales del destino del Estado, Rabín dio a entender cuan equivocados estaban. En forma clara y contundente proclamó: “¡Yo decidiré!”, “¡Yo conduciré!”. Y así fue.

Pese a su pasado militar, era un ejemplo de comportamiento democrático. Pocos deben recordar que justamente Rabín, Teniente General y Comandante en Jefe de Tzáhal en mayo de 1967, no permitió que se lleve a cabo un intento de golpe de estado por parte del ejército ante la indecisión del primer ministro Levy Eshkol y su Gobierno en dar la orden de atacar a Egipto debido al previo cierre de los pasos marítimos en el sur de Israel.

Rabín fue un líder político ejemplar que sabía muy bien lo que es autoridad y la responsabilidad que eso conlleva. No puedo dejar de señalar dos hechos que ponen claramente de manifiesto su concepto de responsabilidad personal:

En 1977 el periodista Dan Margalit publicó en el diario Haaretz que Lea Rabín, la esposa de Itzjak, mantenía abierta una cuenta bancaria en EE.UU con un saldo de unos 4 mil dólares en clara contraposición con las leyes de manejo de divisas de Israel en esa época. El Fiscal del Estado de entonces, Aharón Barak – luego Presidente de la Corte Suprema de Justicia -, decidió abrir una investigación penal. La respuesta de Rabín fue inmediata. Pese a que la cuenta databa de cuando fue embajador en EE.UU, que en realidad se trataba de una cuenta a nombre de su esposa, que estaba en funciones de primer ministro, presentó su renuncia inmediatamente y retiró su candidatura a las elecciones programadas para ese año.

En octubre de 1994, Hamás raptó al soldado Najshón Waksman, exigiendo como rescate la liberación de prisioneros palestinos en Israel. Los servicios de seguridad detectaron el lugar donde Waksman se hallaba recluído y ordenaron un operativo militar para su liberación. Lamentablemente la acción fracasó. Durante el ataque, los captores asesinaron al soldado Waksman y mataron también al capitán Nir Poraz, comandante de la operación. Esa misma noche, Itzjak Rabín, entonces ministro de Seguridad, se dirigió a todo el país por televisión y asumió personalmente toda la responsabilidad de los hechos sin permitir que se deslinde a nadie más.

Como mencioné, no coincidí en algunas de las medidas o políticas que tomó Rabín.

El error histórico más grave que cometió, a mi entender, fue en los años 1974/75, durante su primer etapa como primer ministro. En esa oportunidad no supo establecer límites a las acciones ilegales de los grupos de pobladores judíos que se establecieron en Cisjordania con la protección y el apoyo del ejército. Esa indecisión, o falta de confrontación en su momento, nos condujo hasta hoy en día a una situación prácticamente sin salida, y en el futuro, hasta puede arrastrarnos a una tragedia.

Otro error garrafal se refiere a la débil respuesta de su Gobierno a las protestas y campañas de incitación que llevaron a cabo grandes sectores opositores a los acuerdos de Oslo en 1994 y 1995. Lamentablemente, Rabín personalmente pagó el precio de ese descuido.

La predisposicion de Rabín de servir al país fue total. En ese sentido cometió, a mi criterio, un serio error cuando calificó en 1975 a los “Iordim” – israelíes que abandonaban Israel para vivir en países más cómodos – como “Resaca de cobardes” (Nefolet shel nemushot).

Para mí, el legado más importante que nos dejó Rabín es su vida y pensamiento mismo. Como militar luchó para lograr un Israel fuerte y estable. Cuando comprendió que habíamos llegado a una situación en la cual podíamos confiar en defendernos solos, llegó a la conclusión de que los conflictos con nuestros vecinos los debemos solucionar con las negociaciones y no con las armas.

A muchos de nosotros todavía nos retumban hoy las palabras del entonces Secretario del Gobierno de Rabín, Shimón Shebes, la noche del asesinato: “Se me fué la Mediná”.

Ojalá se equivoque…

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Debo reconocer que la juventud que pasé en Argentina me impregnó del gran gustazo de deleitarme del fútbol. Hasta hoy en día recuerdo aquellos domingos de la era pre-televisiva en que los amigos nos reuníamos alrededor de una radio a lámparas para estar al tanto de los goles al minuto.

Los años pasaron, las preocupaciones crecieron, pero siempre quedó un rinconcito con una lamparita de admiración y recuerdo hacia el balompié.

Esa lamparita se volvió a encender repentinamente el domingo pasado cuando el canal 10 de televisión de Israel proyectó un documental denominado “Yo te amo Beitar Jerusalén”.

¿Beitar Jerusalén me pregunté a mí mismo? El club más poderoso del fútbol de Israel, el club con el primer ministro Olmert como hincha número uno. Y me cuestionaba ¿Nos estaremos acercando al fútbol de Argentina? ¿Nos parecemos?

Así fue que me tire en el sillón a deleitarme de las imágenes.

Las enormes masas de seguidores y las ruidosas hinchadas son el poderoso motor que mueve ese increíble espectáculo. Sólo en el fútbol – tanto en Buenos Aires como en Jerusalén – se puede ver esa dedicación, ese fanatismo, ese amor por los colores de la camiseta.

Los personajes son los mismos, aquí y allá.

El verdulero del mercado que no deja de colgar las fotos de sus estrellas y la bandera de su equipo como la escenografita más apropiada para la venta. El barbudo intelectual que se quejó del idioma grosero en las tribunas pero no dejó exponer al periodista un permanente análisis psicológico del comportamiento de las masas ante un conflicto de intereses de barrio, sectoriales o de clases.

Sobresalió la ilustre maestra, hija de sobrevivientes de la Shoá, que no abandona su solemne postura ante sus estudiantes secundarios, mientras en la cancha, vestida de amarillo y negro con bufanda y sombrero, no cierra la boca un minuto alentando a su equipo.

Tampoco dejó de estar presente el personaje pintoresco, Abigail Shárabi, la hazme reír y payasa de los periodistas de turno, quien no paró de contar como prefirió hacer peligrar su vida cuando en plena hospitalización por un embarazo peligroso, se quitó el suero de su brazo y se tomó un taxi directo al estadio para no perderse el partido.

Por supuesto, no pudo faltar el millonario, propietario del equipo, con seguridad lleno de aspiraciones políticas, categorizado por los periodistas como oligarca ruso con capital de procedencia dudosa, que saludaba a la muchedumbre desde lo alto del palco con un agitar de manos digno de un líder popular.

Como ven, fuera del nivel técnico de juego, todo más o menos lo mismo entre Jerusalén y Buenos Aires…

No, no todo. En el último tercio del programa salió a relucir un aspecto denigrante, típico de la hinchada de Beitar Jerusalén.

Uno tras otro, los jóvenes se acercaron al micrófono, ante las cámaras y sin ningún tipo de consideración, ametrallaron con sus lemas llenos de contenido racista y xenofobia, de la misma forma como los gritan normalmente en las tribunas: “No aguanto a los árabes”, “Me cago en los árabes”, “No vamos a permitir que en Beitar Jerusalén juegue un árabe”, “Odiamos a los árabes”.

Por supuesto que no faltó el tradicional alarido de esta hinchada, “Muerte a los árabes”, sin recordar que en un pasado no muy lejano esos mismos mensajes llevaron en distintas oportunidades a personajes como Ami Poper, Baruj Goldshtein, Eden Natan Zada y otros, a asesinar a decenas de árabes por el sólo hecho de ser tales.

Lo trágico es que dicha situación es de total conocimiento público, pero prácticamente nadie mueve un dedo para modificarla. Sólo algunos periodistas y unas pocas instituciones privadas, como es el caso del Fondo de Jerusalén, tratan de promover actividades destinadas a eliminar las expresiones y actos racistas y de xenofobia de las canchas de fútbol.

Las expectativas de una acción judicial enérgica por parte de las autoridades competentes quedan generalmente paralizadas ante un vacío legislativo o un tartamudeo y juego de palabras por parte del Fiscal de Estado.

Tampoco se conoce la existencia y activa actuación de una identidad como INADI (Instituto Nacional en Contra de la Discriminación, Racismo y Xenofobia de Argentina) como factor disuasivo de este tipo de actitudes sociales dignas de repudio.

Los políticos y las autoridades, en la mayoría de los casos, brillan por su ausencia, y en el peor de los casos, algunos de ellos hasta demuestran su presencia y aprobación por medio de una negación a repudiar los hechos.

La falta de una respuesta enérgica y adecuada nos mostrará en un futuro próximo como el fenómeno toma raíces y se propaga a amplios sectores de la sociedad.

Ojalá me equivoque…

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